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Orígenes de IFM Parte II: Persistencia y Determinación

Orígenes de IFM Parte II: Persistencia y Determinación

Ibo F. Meléndez Ibo F. Meléndez
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Orígenes de IFM Parte II: Persistencia y Determinación: el viaje de una vida para imaginar IFM por Ibo F. Meléndez

¿Sabe usted cuál fue la primera vez que me di cuenta de que la persistencia y la determinación juntas son omnipotentes? Pues fue un día que vi a mi hermano.

Un Ejemplo de Vida: Mi Hermano y la Lección de la Persistencia y Determinación

Yo habré tenido unos 6 años y no podía conciliar el sueño en el medio del salón, que era también un gran cuarto para mis hermanos y para mí, cuando lo vi haciendo un esfuerzo inmenso para no quedarse dormido mientras estudiaba.

Yo crecí en una casa humilde entre cafetales al sur de San José, Costa Rica. Mi papá trabajaba la tierra, mi madre se encargaba de la casa y cuidaba a los más chicos. Dicho cuido no era ningún trabajo menor, nada más difícil que encargarse de 10 hijos, de los cuáles, por cierto, era yo el menor.

De noche con frecuencia hacía frío. Las paredes de costilla de la casa permitían el paso de una leve brisa. Esa brisa, tan molesta como refrescante dependiendo de la época del año, estaba moviendo incesantemente la luz de una vela con la que mi hermano intentaba estudiar.

Al ser una familia humilde y con pocos recursos, casi todos mis hermanos tan pronto podían se ponían a trabajar para colaborar con los gastos. La solidaridad y los sacrificios de cada miembro de la familia eran esenciales para poder sobrevivir. No todos mis hermanos terminaron la primaria, solo un par la secundaria y solo uno la Universidad: yo, Ibo Fabio Meléndez.

Uno de los que acabó la secundaria era Franco Arnoldo, el que estaba sentado allí a la luz de la vela estudiando. Con su mano izquierda hacía una especie de techo pequeño para que no se apagara la candela, mientras con la derecha escribía. Mis ojos se fueron cerrando mientras veía esa imagen y, por supuesto, no llegaría a decirle que a esa tierna edad lo pensé, menos aún lo verbalicé, pero sí que sentí, viendo a Franco Arnoldo, lo que luego me acompañaría toda mi vida: persistencia y determinación juntas son omnipotentes.

El Sueño de Mi Madre y Mi Propia Perspectiva

Como le decía, yo sí fui a la Universidad. Mi madre, durante la graduación de unos primos en el Liceo de Costa Rica, en el centro de la capital, se ilusionó pensando que tal vez podía ser yo quien no solo sería el siguiente en acabar la secundaria, sino el primero en terminar estudios superiores.

Tuve que elegir la administración de empresas para poder trabajar. Así, siendo apenas un estudiante, ingresé a la Oficina Técnica Mecanizada, en el Estado costarricense, donde en menos tiempo de lo que jamás imaginé, ya tenía docenas de personas a mi cargo.

Casi nunca lo cuento, pero permítame una pequeña infidencia: tan pronto como pude me dejé el bigote, según yo para que me vieran más como una figura de autoridad y menos como un adolescente tardío.

Es que no deja de sorprenderme, tantos años después, que un jovencito como yo en ese momento tuviera personas a mi cargo. Yo, que crecí entre cafetales, yo, que trabajaba ayudando a mis hermanos en tramos del mercado central o fabricando mantequilla, yo, que usé un teléfono por primera vez a los 18 años, yo, tenía subalternos.

En un abrir y cerrar de ojos pasé volando por puestos, aprendizaje, experiencias y trabajo. Si le digo que a los 18 años estaba maravillado sosteniendo un teléfono, a los 23 estaba con disciplina y método aprendiendo a programar una computadora.

Programar Mi Futuro con Persistencia y Determinación

Tuve la suerte de toparme con una de las primeras grandes computadoras de Costa Rica. Pequeñas vueltas que da la vida porque, ¿sabe qué frustración me quedó de esos años? No poder ser ni ingeniero, ni abogado. Pasaba las tardes después del trabajo y los sábados enteros aprendiendo a programar aquel computador inmenso mientras pensaba que la elección había sido la correcta; no podía construir puentes como los que imaginaba de haber sido ingeniero, pero construía “pequeños puentes” con ceros y unos en programas que me inventaba.

Alguna de esas tardes de sábado programando pude ver a mi hermano a la luz de la vela; pude entender que ese sábado era como mi vela, si quería seguir, ahí tenía que estar, determinado a avanzar. Yo no le voy a decir que siempre tuve certezas; por supuesto que tuve dudas, pero es que no se trata de no dudar, se trata de persistir.

También hay que saber leer los tiempos y aprovechar las oportunidades. Por aquel entonces, quien era mi jefe, Ricardo Sáenz, un día me llamó a su oficina y, periódico en mano, me sugirió ir a hacer una entrevista de trabajo. Uno se preguntaría: ¿por qué quien era mi jefe y estaba satisfecho con mi desempeño me mandaría a buscar otro trabajo? La respuesta es simple, Don Ricardo veía potencial en mí y entendía que tal vez necesitaba de otro lugar para explotarlo.

El anuncio que me mostró Don Ricardo era de la compañía bananera, estaban buscando programadores, pero había un requisito que me hacía inelegible: se necesitaba dominar el idioma inglés.

Recordando todo esto siempre llego al mismo lugar, entendí ese día y para siempre que necesitaba también de caballos ganadores.

Yo espero haber sido algún día un caballo ganador para alguien, esas son personas a las que hay que apostarles todo, como yo le aposté a Don Ricardo y, por sobre todo, como él apostó por mí. Porque Don Ricardo no solo me dio permiso para ir a hacer la entrevista, sino que me dio todos los ánimos que necesitaba para poder superarla; no me permitió bajar la cabeza y me dijo: “Ibo, usted les va a ofrecer algo mucho más importante que hablar inglés”.

Fui a la entrevista, todos los presentes que buscaban el mismo puesto sabían inglés menos yo, y cuando de seguro estaban por descartar mi aplicación les dije a los encargados: “Yo puedo aprender inglés, pero nadie puede aprender lo que yo les ofrezco, persistencia y determinación”.

Sin saber una palabra del idioma, empecé a trabajar en la bananera y allí me encargué de instalar la primera mega computadora del trópico. Gracias a eso, a los meses me monté en un avión por primera vez con destino al vecino Panamá. Por esos días empecé a sentir placer por el trabajo y la sensación de éxito, también por esos días fue que también empecé a interiorizar que el éxito puede embriagar y no me lo podía permitir. Surcando el cielo camino a Panamá, vi San José desde el aire y me prometí siempre recordar de dónde vengo; desde el cielo no se distinguía un cafetal de otro, pero de uno de esos venía yo, nada podría producir tanta humildad como la que da esa imagen.

Cruzando Nuevos Umbrales: El Impacto de la Persistencia y Determinación en Mi Carrera

Empezar a trabajar en la bananera fue como cruzar un umbral, como adentrarme ya a un camino sin retorno de éxito, aprendizaje, dedicación y persistencia.

No me atrevería a aislar solo un factor para explicar el éxito en la vida de una persona. Para mí, tan fundamental fue el empujón de mi madre, o su ejemplo y el de mi padre, como mis primeros pasos dirigiendo “perforadoras” en sus labores en la Oficina Técnica Mecanizada, o ver a mi hermano a la luz de una vela, la confianza de Don Ricardo y otros caballos ganadores, o aprender de mis errores al programar, todos y cada uno esenciales.

Un factor que sí recuerdo con claridad que explica mucho de lo que aprendí esos años tiene que ver con la estructura, la manera de sistematizar, de encontrar expresiones de orden casi matemático en el quehacer de mi trabajo, como una extensión de la programación a mi propia vida. Admito incluso que ese tipo de trabajo se convirtió en la fama que me precedió.

Ser "El Kaiser": Una Nueva Comprensión de la Persistencia y Determinación

Cuando la bananera me invitó a su casa matriz en Estados Unidos, el director de tecnología de Chiquita Brands se refirió a mí como “el Kaiser”; ese era un apodo que ya me precedía, ya era parte de quién era yo. Ese apodo, que hacía alusión a ser un trabajador meticuloso, sistemático y ordenado, como el estereotipo de un alemán, fue lo primero que me hizo comprender otra máxima de mi vida: Hay que invertir en uno mismo.

Origen IFM - Prudential Center — Boston Massachusetts con Henry Cornell Presidente de Chiquita Brands

¿Cómo lo comprendí? De una manera simple en realidad. Algún tiempo después de ese viaje, durante unos minutos le expliqué mi argumento a un compañero, un problema simple. Yo sentía que mis palabras eran completamente racionales, casi numéricas, pero el problema era más cercano a lo gerencial, no era tan simple de explicar como yo creía y necesitaba imperativamente otro acercamiento de mi parte.

Al anterior habría que sumarle otro factor de éxito: las relaciones humanas. Se necesita construir puentes con los demás, eso de seguro también me ayudó a llegar lejos como ya le contaré. Alrededor de esa conversación, por cierto, empecé a reflexionar sobre la empresa y mi papel en la misma.

Tenía yo la sensación por esos días que la empresa iba a querer que yo continuara en Tecnologías de la Información y yo no necesariamente iba a querer eso. Lentamente estaba descubriendo un mundo de gestión personal, de finanzas y de ventas que me atraía. Esa reflexión fue la gota que derramó el vaso para hacer esas inversiones, invertir en mí, en capacitarme, en actualizarme, en entrenarme, hacer mi mundo más grande.

Esa decisión y su consecuente reflexión fue fundamental para lo que yo eventualmente construiría. Pero también era una reflexión para el futuro inmediato, porque pronto iniciaría una de esas grandes pruebas, esos momentos en que uno se acerca a cavernas oscuras, y pruebas supremas, que no tengo duda no habría superado sin esos varios e importantes factores de éxito que le he venido contando.

Nuevos Desafíos: Honduras y la Reafirmación de la Persistencia y Determinación

La bananera siempre estuvo contenta conmigo. Siempre di el ciento por ciento, fui mejorando en varios de los ámbitos, me gané la confianza, me dieron mayores responsabilidades y no permitía nunca que el éxito se me subiera a la cabeza. Entendía que el camino recorrido desde el piso de tierra de la choza de niño en medio de un cafetal había sido largo y solo con humildad y los pies sobre la tierra, ahora de un bananal, se podía avanzar. Bajo esas premisas de vida, y si bien no lo pedí, acepté con gusto la responsabilidad de encargarme de la empresa en Honduras, uno de los países más complejos, sino el más complejo, de Centro América, y uno de los laboratorios esenciales para mi vida, aunque por supuesto en ese momento ni lo sospechaba.

Honduras fue un shock para un costarricense acostumbrado a un Estado de Derecho y una paz social distinta; lejísimos de los conflictos que el resto de los países centroamericanos tristemente habían sufrido durante muchos años, la experiencia hondureña se vislumbraba única y diferente.

Tal vez se lo explico mejor con una imagen: del aeropuerto en San Pedro Sula fui directo a las instalaciones de un banco donde la bananera tenía sus oficinas. Los minutos que transcurrieron en el viaje los invertí en pensar dos cosas básicamente. Por un lado, en cuan diferente sería mi experiencia en Costa Rica y por el otro, si había elegido correctamente esta nueva aventura.

Cuando me bajé del carro y entré al banco, pensé en lo segundo. No pude evitar quedarme durante varios segundos mirando el calibre de las armas de los dos guardas que se apostaban a cada lado de la entrada, un calibre inédito, o más bien inaudito, pensando en la pistola corta que un único guarda chaparro usaba para cuidar la puerta del extinto Banco Anglo en San José, Costa Rica, donde tantas veces pasé a hacer un depósito. El ambiente era tristemente militarizado y la descomposición social solo se profundizó en los dos años que estuve en Honduras.

Yo pensé que Honduras era mi gran prueba, era la bananera más grande e importante de Chiquita, lideraba 15 empresas y 7000 trabajadores, mi cénit, pero no me imaginaba lo que venía. Eso sí, sin Honduras y mis experiencias allí, habría sido imposible superar los retos que me plantearía el futuro.

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Para muestra un botón, si ya me había impresionado por el calibre de unos fúsiles, la impresión de enterarme que, de no poder negociar adecuadamente, sería el cuarto año consecutivo de huelga en la bananera, fue apabullante. Así me recibió la empresa en Honduras a las pocas semanas de llegar.

No le miento, dudé, pero me ocupé de inmediato en atender el tema lleno de nuevos recursos que los años previos y mi inversión me habían dado.

Es que tal vez no haya hecho hincapié o no haya quedado claro, pero al llegar a Honduras mucha gente me miraba por encima del hombro y entre pasillos se conversaba sobre cuánto duraría allí: 2 o 3 meses eran las apuestas que tenían más adeptos. La bananera era un espacio conservador y tradicional, rígido si se quiere, y yo venía en plena transformación. Llegaba un programador analítico que acumulaba experiencia primaria en gerencia y ventas, ya con la idea de desarrollar personas, a un mundo rígido y de cowboys, para peores, con la sombra de una nueva huelga en el ambiente.

Innovar en Medio del Conflicto: Estrategias de Persistencia y Determinación

Yo lideré una nueva estrategia: les propuse educar al pueblo, educar a la gente. Para algunos de los que ya estaban ahí parecía un absurdo, las apuestas se habían radicalizado, ya no me daban 1 mes. Sin embargo, yo me mantenía firme y les decía, “Amigos, a los trabajadores hay que recordarles que aquí hay mucho más que bananos. Hay escuela para los hijos, divisas para Honduras. Más que bananos hospitales, transportes, carreteras, pueblos enteros”.

Las dudas de mis compañeros y los más viejos líderes de la bananera se cernían alrededor, pero se disipaban poco a poco. Tal vez no confiaban en mí, pero me daban el beneficio de la duda. Más aún cuando les propuse liderar la negociación pensando que tres años consecutivos la misma había terminado en una huelga, por lo tanto, lo mínimo era entrarle a la situación de una manera distinta, podían confiar en mí.

Convencí a los míos, convencí a los detractores, convencía a los viejos gerentes que se sentían en el lejano oeste y, sobre todo, convencí al sindicato porque me acerqué al proceso validando a mis contrapartes, tratando a seres humanos, con ilusiones, frustraciones, miedo al cambio y con necesidades, pero también intereses.

La primera reunión la hicimos en una oficina a pedido de la empresa, pero la segunda ya fue entre un ambiente más tranquilos tomándonos un café. El sindicato me agradeció, de seguro nunca se habían tomado un café distendido para negociar el contrato colectivo de los trabajadores.

Superé por mucho lo que las apuestas me auguraban. Ese año no se llegó a ninguna huelga, el siguiente tampoco, se llegaron a acuerdos, se llegó a beneficios para las partes, pero sobre todo y más importante para mí toda aquella inversión, todo el conocimiento había fructificado. Acababa mi etapa de “Kaiser”, esos días de charlar, negociar y entender a otro ser humano y su satisfactorio final, me hacían despedirme de ese acercamiento y darle la bienvenida a un renovado Ibo Fabio Meléndez, analítico, estratégico, pero con la comprensión y un don de gente que desarrolló en una travesía de programador esquemático a líder analítico con habilidades blandas gobernado por un mantra: Persistencia y determinación juntos son omnipotentes.

Recuerdo que uno de los trabajadores más viejos en Honduras, norteamericano, un bananero de tradición, un día me dijo: “Yo no confiaba en usted y debo decirle que me ha callado la boca”. “Fred”, le dije yo, “le puedo preguntar, ¿por qué tenía tan poca confianza?”.

Fred me respondió: “Porque siempre me había acostumbrado a chocar con pared, a ir de frente con fuerza, pero de usted aprendí algo. Algo simple que usted me dijo un día. No es necesario ir a chocar con la pared, basta con abrir la puerta y cruzar al otro lado. Eso usted me lo enseñó y se lo agradezco”.

Ese estilo de trabajo se me reconoció rápido en Honduras y con el paso de los días empecé a desarrollar gente dentro de la empresa. Personas de segundo nivel pasaban rápidamente a ser gerentes con mi guía, descubrí que eso que Fred había aprendido de mí, se lo podía enseñar a más personas.

Desafíos en España: Una Nueva Prueba de Persistencia y Determinación

¿Se acuerda que ya venía una prueba inmensa? Ahí mismo en San Pedro Sula la compañía me propone salir del negocio bananero y aventurarme a España. Yo de niño jugaba con latas de sardinas como si fueran carros, nunca imaginaba aviones seguros porque no me veía abordando uno jamás. Justo eso pensé cuando emprendí la aventura de cruzar el Atlántico.

La administración de la empresa hortofrutícola más grande de todo Europa, 12,000 trabajadores y 12,000 productores con sede en España. Pascual Hermanos era una empresa pública, abierta en Bolsa, un reto novedoso completamente. Pero más que por eso, porque me encontré en un momento histórico. No solo España consolidaba su democracia, sino que además en ese momento particular la Unión Europea ayudaba a diversos sectores de la economía. En el caso de España, las contribuciones que hacía la Unión Europea no iban dirigidas a ayudar a la empresa que me tocaba administrar y sacar a flote; todo lo contrario, las ayudas iban dirigidas a que la agroindustria se mudara a África, los planes para España eran dejar el negocio que yo llegaba a reflotar.

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Quiero decir, yo llegué cuando había una transición, lo que me habían dicho era “la huerta de Europa” iba camino a cambiar.

Una de tantas dificultades porque, además, allá en España la organización era más difícil, pero de otra manera que los sindicatos bananeros, eran sindicatos de cuello blanco. Esos son diferentes, esos, tienen acceso a espacios de poder muy amplios, cualquier día le podían hablar al Rey, por ejemplo, así como yo le hablé.

Irme a Europa también significó otro cambio radical: reubicar por completo a mi familia. Es probable que en el enfoque por cumplir y crecer no haya visto del todo el sacrificio que le estaba pidiendo a mi esposa y a mis hijos. Lo reconocería al tiempo, pero ellas y ellos lo hicieron sin chistar, apostaron por mí y mis tiempos, otros caballos ganadores que nunca dudaron en apoyarme.

Reflexiones y Decisiones: La Importancia de la Persistencia y Determinación

España era particular, me dedicaba a reflotar empresas, a verme cara a cara con ejecutivos. España me recordaba cosas, por ejemplo, un día soleado y caluroso en Valencia, donde vivía, me recordaba a los días más calurosos y soleados de Costa Rica. Si bien Valencia no era el trópico, ese clima mediterráneo me hacía sentir en San José, justo en ese bochorno de la una de la tarde, un calor peculiar de Costa Rica que se desata poco antes de llover.

Un día como ese conversé con un ejecutivo de altísimo nivel que me produjo un sentimiento de profunda soledad. Yo estaba ahí para cuadrar unos números y entregarle una propuesta, pero como si fuera un espejo me vi en él. Me vi en esos días que me sentía solo, lejos de Costa Rica, con mi familia en otro continente y con la sensación de que, por más asesores a la gerencia, por más abogados o contadores, por más gerentes, hay momentos en que los ejecutivos del más alto nivel están completamente solos.

Ese día caluroso de Valencia por primera vez vi lo que algún día sería mi empresa, no una asesoría, no una consultoría, un acompañamiento. Me tomaría años madurar esa idea, pero ese día por primera vez la vi luego de esa reunión, en ese calor infernal, entendí que lo que había conseguido transmitirle a Fred en la bananera, lo que estaba transmitiendo a este hombre en Valencia, ya lo haría yo, desde mi propio espacio para muchas más personas. Pero para eso faltaba tiempo, todavía tenía que aprender algunas cosas y cerrar mi aventura europea.

Por ejemplo, allá en España yo sentía que estaba en un momento altísimo de mi carrera, pero estaba tocando un techo. Solo que no es el techo que usted se imagina.

Yo pensé que el techo lo había tocado cuando un día tuve un paro cardiaco y no me di cuenta. El ritmo de trabajo tan intenso y único no era el problema, mi techo era otro. Mi techo era mi familia.

Yo podía seguir en ese ambiente, podía seguir creciendo, pero ya estaba llevando a mi familia a un ritmo que tal vez no sea el mejor para mis hijos. Los estaba convirtiendo en expatriados, los estaba llevando a perder sus vínculos con Costa Rica y aunque quisiera decirle que fue difícil escoger entre la carrera meteórica que llevaba en Europa y mi familia, temo decirle que más bien fue muy fácil: escogí irme de España y volver a Costa Rica. Permitirse las dudas es esencial, pero también permitirnos los cambios de rumbo, en especial cuando vienen del cariño y el cuido a la familia.

Un Regreso con Nuevos Propósitos: La Construcción de un Legado Basado en la Persistencia y Determinación

Ya de vuelta en Costa Rica un gran amigo me convido a participar de una universidad. Yo atesoro la educación, la mía, por ejemplo, apareció de casualidad. Si todo hubiera salido como el destino había planificado para mí, yo habría terminado por administrar un tramo del Mercado Central o habría sido el mejor fabricante de mantequilla del mundo. Pero no fue así, fui a la Universidad, gracias básicamente a mi madre y lo que imaginó para mí.

Mi amigo me pintó una oportunidad de ayudar en el desarrollo de la educación de Costa Rica y, ¿cómo no iba a querer eso? Pero al mismo tiempo empecé a percibir una sensación de insatisfacción. No me malinterprete, no era por no conseguir transmitir conocimiento, era por tener que hacerlo de una manera tan impersonal, tan lejos de lo que aquella epifanía de tarde calurosa me había enseñado.

Yo no podía enseñar lo que había aprendido, la educación a cómo está diseñada es muy limitante. Le pongo este ejemplo, a todos los jóvenes les dan lo mismo, y yo ya veía como había jóvenes con habilidades y fortalezas diversas, pero al final para todos tenía que ser igual. Al poco tiempo me disculpé con mi querido amigo y le dije: esto no es para mí.

Yo ya estaba pensionado, ese día llegué a mi casa, me senté viendo el jardín y me sentí de nuevo solo por un momento.

Empecé a recordar de nuevo España y los momentos de soledad, los retos que tenía que manejar y los momentos en que no había gente de confianza a quien uno pudiera recurrir.

Eso quería explicarles a los estudiantes. Quería explicarles que podíamos tener todos los bufetes de abogados o las firmas de contadores más prestigiosas del mundo, como literalmente teníamos en España, pero nada era suficiente ante esa soledad del ejecutivo, ante esos días en que se necesitaba algo mucho más allá que un simple asesor.

Yo sentí esa soledad, yo entendía esa sensación. Una sensación en la que no basta que llegue alguien a decir: “ahí está en el informe”. Uno necesitaba el acompañamiento de alguien que pudiera entender la dimensión de algunas de las responsabilidades, pesos y retos. No se necesita de alguien que lo haga por uno o le diga paso a paso a paso lo que hay que hacer.

Nada de eso existía, esa figura no existía, no había nadie así. No había nadie que pudiera asesorar legalmente, asesorar contablemente, hablar de negocios, hablar de relaciones humanas, pero además sentarse al lado, acompañar y comprender… yo sabía que yo podía inventar eso que no existía, y era mi siguiente paso.

La clave para mí estuvo siempre en construir relaciones. Yo tuve que invertir en mí mismo para poder construirlas. Tuve que invertir literalmente dinero, pero también tiempo. Tiempo en analizar experiencias, tiempo en pensar y desarrollar una idea: acompañamiento para ejecutivos, intervenciones estratégicas, ese tipo de intervenciones que yo hubiera agradecido muchísimo en mis tiempos en España o incluso mis años en Honduras.

Pasé de ver a mi hermano a la luz de una vela a dejarme el bigote para aparentar más autoridad, de aplicar a una plaza en inglés, sin saberlo, a resolver los problemas obrero/patronales en un entorno que más parecía el viejo oeste. Pasé de ser un “Kaiser”, a desarrollar personas, de un cafetal en medio de San José, Costa Rica, a reflotar empresas en Europa. Pasé de medir todo en función de mi carrera a medirlo en función de mi familia, de poder pensionarme tranquilo, si así lo hubiera querido, a emprender el deseo ulterior de cualquier persona, y no, no me refiero a tener una empresa.

Mi deseo no era tener una empresa, era compartir todo lo que ese camino había aprendido, era poder hablar de disciplina, análisis, relaciones interpersonales, “caballos ganadores”, soledades, conversaciones con reyes y sindicalistas, en medio de un bananal o la oficina más fina de Europa, hablar del piso de tierra en que crecí que me permitió siempre anclar los pies con humildad en los recuerdos de dónde vengo o de que cómo le mostré a un cowboy que mejor abrir puertas que chocar con paredes. Todo bajo la consigna de que juntos persistencia y determinación son omnipotentes. Todo ese camino recorrido terminaba allí, iniciaba una nueva fase, la culminación de una vida en tres letras, mis iniciales: Ibo Fabio Meléndez, IFM.

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